“Creo que la ansiedad que circula en mi vida nace de un desequilibrio entre lo que soy y lo que "debería ser". Mi ansiedad no se origina en una visión del futuro sino en el deseo de sujetarlo a mi voluntad.” (Hugh Prather)
La ansiedad es un conjunto de respuestas emocionales que se viven con sensación de miedo, angustia y/o deseo de huida. Provoca un importante sufrimiento y diferentes niveles de bloqueo en actividades de la vida cotidiana.
Cuando una persona tiene un episodio intenso de ansiedad, se le suele llamar “ataque de pánico”. Éste puede cursar con sensación de miedo a la muerte (la persona cree que está sufriendo un ataque al corazón), o bien con deseo de huida (la persona cree que puede volverse loco y perder el control). En ambos casos el sufrimiento interno de la persona es importante, provocando que el mismo miedo a la repetición del episodio cause nuevas recaídas.
Todos necesitamos un cierto nivel de ansiedad para funcionar a diario, pero dicho nivel se convierte en patológico cuando se producen episodios repetidos y de alta intensidad con síntomas como: taquicardias, temblor, sensación de ahogo, sensación de pérdida de control, temor a la muerte, etc.
Un estado prolongado de ansiedad puede ser nocivo en muchos sentidos. A nivel cognitivo, afecta a la memoria, atención, concentración, etc. La persona tiene la sensación de estar bloqueada y de no poder responder a sus necesidades y/o actividades cotidianas. En el ámbito social, el miedo ante ciertas situaciones que desencadenan los episodios puede imposibilitar a la persona el desplazamiento y/o acceso a su entorno laboral, así como el mantenimiento de su círculo habitual. Con respecto a los problemas físicos, un estado prolongado de estrés aumenta los niveles de cortisol en sangre, cosa que puede afectar, en el tiempo, a varios órganos vitales (corazón, riñones, musculatura, etc.)
Entre los factores que pueden contribuir al desarrollo y mantenimiento de un problema de ansiedad se encontrarían: la sensación de ausencia de control ante situaciones específicas, el conflicto interno entre lo que uno cree que debería hacer y lo que puede hacer o acaba haciendo, y la incapacidad de una comunicación asertiva, entre otros. El miedo a que el entorno detecte nuestras manifestaciones de ansiedad empeora el problema y puede generar que acabemos desarrollando conductas de evitación ante las situaciones que creemos que nos causan estrés.
Los problemas de ansiedad son, a menudo, el resultado de la percepción que la persona tiene de éstos y del mantenimiento de pautas erróneas de solución ante tales problemas.
La labor del terapeuta ante los trastornos de ansiedad es la del reencuadre de los problemas, respetando la personalidad y sistema de creencias del cliente, y la generación de nuevas alternativas de solución.

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