“Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos”. (Antonio Porchia)
La herencia biológica, los entornos de crianza y aprendizaje, y las circunstancias vitales, forman un patrón único e irrepetible en cada persona. Los desafíos propios de la vida nos someten a diversos niveles de estrés que pueden desembocar o no en episodios depresivos.
La tristeza es una de las emociones básicas del ser humano, pero cuando dicha tristeza se prolonga demasiado en el tiempo, se alteran marcadores bioquímicos de nuestro organismo que contribuyen al asentamiento del episodio depresivo en nuestra vida. Entramos así en un bucle, un pez que se muerde la cola: como estoy triste mi cuerpo no produce las sustancias que necesito para estar alegre y, como mi cuerpo no produce esas sustancias, no puedo dejar de estar triste.
Llegado ese momento se produce lo que hemos aprendido a reconocer como depresión. Al principio, puede que lo confundamos con síntomas físicos (debilidad, somnolencia, insomnio, enfermedades somáticas, etc.) y debido a ello, es importante hacer un primer diagnóstico que descarte enfermedades que tengan síntomas parecidos.
Una vez eliminada la posibilidad de estar padeciendo una enfermedad física, el propio diagnóstico de depresión nerviosa puede contribuir a la desesperanza de la persona que se encuentra impotente ante una situación desconocida, poco apoyada socialmente y ante la que no cree poseer herramientas suficientes que le ayuden a salir de ella. Es entonces cuando se entra en una espiral, una especie de pozo profundo del que uno no se ve capaz de salir. Aunque intelectualmente se comprenda que siempre se pueden encontrar puertas a nuevos y mejores caminos, para la persona deprimida es como si esas puertas no tuvieran pomos y el sendero hacia la mejoría estuviera fuera de su alcance por completo.
Es frecuente que la persona reconozca que necesita ayuda y a la vez desee que esta ayuda le sea ofrecida, pero es a la vez fácil que ni el propio sujeto sepa qué tipo de ayuda necesita, y esto contribuya a dibujar un panorama desolador ante él.
Los cambios de carácter, la sensación de que el entorno te agrede (emocionalmente), llanto que desemboca en más tristeza en lugar de consuelo, agresividad, ira, resentimiento, son algunos de los síntomas propios de la depresión. Las manifestaciones de la depresión pueden ser diferentes a raíz del sexo y/o edad de la persona que la padece, y es frecuente que dificulten, en mayor o menor grado, las actividades de la vida diaria.
La depresión es un trastorno del “estado de ánimo” invalidante a distintos niveles. Además del sentimiento de aislamiento, la depresión puede alterar funciones tanto físicas como cognitivas, dificultando el proceso de recuperación.
Las personas que te rodean, asustadas e impotentes ante una situación intangible y que desconocen, no siempre contribuyen a mejorar el problema.
Es importante reconocer que la depresión es un estado y no un rasgo, es una circunstancia por la cual podemos pasar en un momento dado de nuestra vida y que no tiene por qué convertirse en permanente. Un buen apoyo social o, en su defecto, la ayuda de un buen psicoterapeuta, nos puede ayudar no sólo a superar la situación presente, sino también a establecer patrones de actuación que dificulten recaídas en el futuro.
La función del terapeuta es la de, junto con la persona, establecer puentes hacia un cambio en la comprensión de su propio estado, y en las estrategias de afrontamiento de los acontecimientos vitales que contribuyen al desarrollo y mantenimiento de la depresión.